¿Porque hay lo que hay?

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Entonces pasaron a formar parte de las huellas del pasado y seguramente de ingredientes del futuro.

"LA VIDA SIEMPRE SERÁ LO BASTANTE MALA PARA QUE NUNCA DESAPAREZCA EN EL HOMBRE EL DESEO DE ALGO MEJOR·" Máximo Gorki

martes, 20 de mayo de 2008

UN REPORTAJE A UN CHINO DE LA ECONOMIA DE MERCADO

El dragón de Gaudi ( Barcelona)

Bing, chino

En China, en las dos últimas décadas, ha tenido lugar la que probablemente sea la mayor migración de la historia del mundo: unos 150 millones de jóvenes se fueron del campo a las ciudades para buscar trabajos, otra forma de vida, los brishos del mercado. Bing es uno de ellos y vive en Tianjin, una ciudad de 10 millones de habitantes en el norte del país.

Martín Caparrós

09.03.2008

A sus doce, trece años, Bing quería ser soldado. Su padre solía hablarle con fervor de sus tiempos en el ejército, y Bing había visto militares en su pueblo y, sobre todo, en la televisión: admiraba su apostura, sus uniformes, su altivez. Además, pensaba que si fuera soldado podría salir de su pueblo, ver el mundo. Y, si tenía suerte, podría defender a su país como lo habían hecho esos grandes personajes de los que hablaba la maestra: ninguno lo fascinaba más que el presidente Mao y la historia de cómo había liberado a su país.

–Cuando decía que quería ser soldado mis hermanas me alentaban: me decían que yo, como era hombre, podía irme donde quisiera.

Bing fue de los últimos chinos con hermanos; nació en 1980, poco antes de que China lanzara su política de un solo chico por familia, que la convirtió en un país de hijos únicos –y mayoritariamente masculinos. Bing tenía tres hermanas; la mayor, que le llevaba casi quince años, lo cuidaba como una madre cuando su madre salía a trabajar los campos.

Bing había nacido en Fuping, provincia de Hebeijing, pero tenía poco más de un año cuando sus padres decidieron dejar su pueblo natal para ir a probar suerte a Zha Lantun, en la Mongolia Interior: eran muy pobres y creían que allí, en esas tierras remotas, podían disponer de más y mejores tierras para sus trabajos agrícolas. En Mongolia los padres de Bing primero pastorearon ovejas; después empezaron a criar pollos.

Cuando cumplió seis años, Bing empezó la escuela. No le gustaba: era inteligente pero hacía mucho lío y las maestras no sabían cómo controlarlo. La economía de su familia dependía de la meteorología: si el tiempo era bueno y las cosechas o los animales crecían bien, la familia tenía cierto alivio; si no, pasaban hambre. Bing todavía recuerda aquella vez –nueve, diez años– en que le robó una golosina a un compañero de la escuela, porque él nunca tenía plata para golosinas. Lo descubrieron, lo corrieron, quisieron pegarle. Pero en su casa casi nunca se quedaba con hambre:

–No, a mí me daban todo lo que podían. Yo era el único hombre y el hijo menor.

En las familias chinas tradicionales, padre, madre y hermanas pueden llegar a quedarse sin comer para que el benjamín se alimente a su gusto.

–¿Y tus hermanas no se resentían por eso?

–No, ellas respetaban la tradición, y además siempre me quisieron mucho.

Cuando Bing tenía quince años –y ya quería ser soldado– a sus padres les empezó a ir bien con la cría de pollos y de pronto hubo algo más de plata. Entonces se compraron el primer televisor color, un Panda:

–Ahí fue que ví por primera vez cómo eran las grandes ciudades, en esa televisión.

–¿Y qué te llamó la atención?

–¡Lo que más me impresionó fue que en la gran ciudad había tantos colores! En mi pueblo casi no había: blanco en invierno, verde en primavera, amarillento en verano, amarillo y rojo en el otoño. En cambio en la ciudad parecía que estaban todos los colores mezclados, ahí, al mismo tiempo. Debían ser lugares increíbles.

Bing decidió que, alguna vez, conocería ese mundo. Pero antes, a sus 16, su padre lo mandó a una escuela lejana: en la pequeña ciudad de Halar, a muchas horas de tren de su pueblo, muy al norte, había un instituto con muy buena fama y, gracias a los pollos, el padre de Bing pudo pagar la cuota. En la escuela de Halar el frío era espantoso: el primer día, con 45 grados bajo cero, el maestro que los sacó a hacer ejercicios al patio les dijo que si las orejas les dolían por el frío se las frotaran con nieve; así, un poco de piel les podía quedar en la mano, pero si se las frotaban sin nieve, les dijo, lo que se les iba a quedar en la mano era una oreja.

–Si trabajás duro podés tener éxito, justificar tu vida. Si no trabajás duro vas a ser siempre una especie de nada.

Le dijo también aquel maestro, y Bing todavía lo recuerda. Bing terminó su secundario con muy buenas notas, pero cuando rindió los exámenes de admisión para la universidad falló –porque tenía muy mala letra, dice. Y tampoco pudo entrar en la academia militar, para cumplir su viejo sueño de soldado. Cuando lo supo, su padre lloró; Bing nunca lo había visto tan triste, tan decepcionado:

–Me quería escapar, salir corriendo. Él había puesto tantas expectativas en mí, se había gastado tanto dinero en mí… Yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para demostrarle que no le había fallado. Descubrí una escuela de negocios en Tianjin que me aceptó y le pedí que me pagara los estudios del primer año, que después yo me arreglaría. Mi padre pasaba por un momento económico difícil, pero usó sus últimos ahorros para que yo estudiara. Así fue como, finalmente, me vine para la ciudad.

LA CIUDAD. Bing tenía 19 años y la sensación de que entraba a un mundo nuevo. Tianjin es una ciudad costera de diez millones de habitantes a cien kilómetros de Pekín, que se ha transformado en el polo más reciente de desarrollo económico chino –y, cuando Bing se bajó del tren, le pareció que tenía todavía más colores que los que había visto en la tele. Bing no podía creer la altura de los grandes edificios, la cantidad de autos.

Bing se instaló con otros siete en un dormitorio de su universidad y empezó a asistir a clases; las cosas funcionaban, aunque la ciudad le resultaba demasiado ruidosa, demasiado llena de desconocidos y extrañaba, cada noche, las estrellas que solía ver en su pueblo y se le habían perdido. Poco después descubrió que podía ganar algún dinero dando clases de chino a estudiantes extranjeros, pero tardó unos meses en armar su primer negocio serio.

En su universidad había unos teléfonos públicos que requerían unas tarjetas especiales; Bing descubrió un lugar donde las vendían muy baratas y empezó a vendérselas a sus compañeros con un veinte o treinta por ciento de beneficio.

–¿O sea que te aprovechabas de tus compañeros?

–Sí.

–¿Y eso no te preocupaba?

–No. Pero tampoco quería estar mal con ellos, entonces incluí a mis compañeros de cuarto en el negocio: les daba tarjetas para que ellos las revendieran y nos repartíamos la ganancia, cosas así. Ésa es la manera china de hacer negocios: conseguir que más gente participe y gane plata, así sabés que te van a apoyar. Si querés ganar tenés que buscar la prosperidad común.

Bing ganó el dinero suficiente para pagarse sus estudios. Y, cuando terminó su diploma, se le ocurrió un negocio mejor: con un amigo consiguieron un par de máquinas viejas y pusieron un pequeño local de fotocopias frente a la universidad. El negocio funcionó. De pronto, Bing se encontró ganando más de doscientos yuanes –25 dólares– por día: tenía 21 años, era rico y era, sobre todo, un self-made-man, un verdadero hombre de negocios, el sueño de todo chino actual. Bing se compró un celular y se sentía el más vivo del barrio. Sus fantasías empezaban a cumplirse, y había sido tan fácil. Pronto podría traer a sus padres y mostrarles lo que había hecho; mientras tanto, se gastaba la plata en ropa, libros, estampillas.

Hasta que, al cabo de un año, el dueño del local les dijo que quería renovarlo para cobrar más alquiler: Bing y su socio no podían pagar tanto, no encontraron otro lugar y, en unos días, su vida de businessman se disolvió en el aire.

–Me había olvidado de trabajar duro, pensé que todo era fácil, más que fácil: que yo podía hacer lo que quisiera.

Bing se empleó en una empresa de computación con un buen sueldo que nunca le pagaron; no consiguió nada más, y al cabo de tres meses tuvo que pedirle a un amigo que lo dejara dormir en su pieza. Bing no siempre comía. Alguien le contó que en un gran club de karaoke, el Oriental Pearl, estaban tomando camareros; Bing se presentó y, al cabo de unos días de training, estaba sirviendo tragos y comidas; ganaba, cada mes, un poco más de lo que un año antes ganaba cada día.

–Fue el peor momento, pero pensé que no tenía que desanimarme. Igual no tenía vuelta atrás: no podía volver al pueblo, mi padre nunca me habría aceptado como un perdedor.

EL CABARET. El Oriental Pearl es un monstruo brilloso de varios pisos y un centenar de habitaciones donde los clientes beben, cantan, se relajan, se divierten –a veces con chinitas complacientes. Bing ya lleva cinco años en el club; inteligente, perseverante, fue ascendiendo en su trabajo y ahora es lobby manager, con muchos empleados bajo su mando. Gana unos 500 dólares por mes, y ahorra unos 300: ya tiene, dice, unos 100.000 yuanes –13.000 dólares– invertidos en acciones, listos para cuando decida empezar su propio negocio otra vez. Bing querría ser, dice, como el dueño del Oriental, un nativo de Tianjin que empezó de la nada y es rico y exitoso y ya tiene siete clubes como ése.

China es, ahora, la tierra de las grandes oportunidades para los negocios. La paradoja es curiosa. Ahora China rebosa de productos: en las ciudades costeras ricas –más acá del interior campesino, pobre, donde viven todavía los 800 millones que no migraron a la modernidad– todo está lleno de las mercaderías más actuales y brishosas. Hace 15 años no había nada de eso. Porque hace 15 años –y en los 40 años anteriores– había primado un imperativo moral que suponía que si todos no podían tener algo, no lo tendría nadie, o sea: que no era lícito producir objetos o servicios que no pudieran ser compartidos por todas las personas. Aquí lo llamaban socialismo, o algo así. Era un límite. Digamos, para hacerlo obvio: si no podían fabricar quinientos millones de tevés ultrachatas para que cada familia tuviera la suya, no fabricaban tevés ultrachatas. Ahora, en cambio, hacen de todo y si no hay más que cien mil o un millón que puedan comprar ciertos productos, mejor: van a pagarlos todavía más caro. Entonces las industrias se mueven, avanzan las tecnologías, esas cosas. Pero millones y millones no tienen lo que sólo unos pocos. En otros lados lo llaman capitalismo, pero aquí no se sabe.

–Vos estudiaste negocios, tuviste tu negocio y ahora sos empleado en un karaoke. ¿Te molesta?

–Acá en China siempre dicen que a los 30 años tienes que ser alguien reconocido por la sociedad. Bueno, a mí todavía me quedan cuatro. Y por ahora estoy ahorrando y preparándome para seguir mi propio camino.

–¿Qué pensás hacer?

–No sé, pero estuve investigando el mercado acá en Tianjin, y me parece que hay espacio para una tienda que venda carteras de marca. Así que podría poner esa tienda y vender muchas carteras.

–¿Originales o copias?

–Copias, probablemente, así gano más plata.

Bing piensa que es lógico y justo que algunos tengan mucho y otros poco: los ricos son los que tenían potencial, los que trabajaron duro, los que se lo merecen, dice; los pobres son los que no trabajaron suficiente.

–¿O sea que China es un país de perezosos, porque estaba lleno de pobres?

No, lo que pasa es que no hace tanto que empezó a abrirse. Y el éxito depende mucho del ambiente dónde te movés. Por eso yo quería venir a la ciudad, que es el lugar donde se puede tener éxito.

Desde que China empezó sus reformas de mercado, unos 150 millones de jóvenes migraron del campo a las ciudades en busca de ese éxito –o, por lo menos, de comer todos los días. (Aunque la cifra no está clara. Un funcionario me informa sobre esas migraciones; sus datos son meticulosos pero, mirándolos de cerca, veo que a veces le dan 120 millones de migrantes y a veces 150. Se lo digo.

–Sí, es verdad, pueden ser entre 120 y 150. No tenemos esas precisiones. Pero no es una diferencia muy considerable.

Es cierto: esos 30 millones son el dos por ciento de su población. Me río: esa diferencia desdeñable es la población de la Argentina.)

La mayoría de esos jóvenes formaron la primera ola migratoria de campesinos que proveen mano de obra barata para las fábricas de las ciudades; los inmigrantes más preparados, como Bing, son una especie de segunda ola con más posibilidades, más recursos. Pero todos confluyen en las grandes ciudades: han cambiado, entre otras cosas, la vida y el aspecto de esos centros.

–La ciudad es el lugar donde pasan las cosas. La ciudad es el futuro, el lugar donde todo es posible.

EL FUTURO. En un suburbio de Tianjin, una oficina estatal exhibe el futuro bajo forma de maqueta gigante –20 metros por 20– que muestra todo lo que van a hacer en los próximos años: aquí van a estar las fábricas pesadas, aquí las livianas, así va a ser el puerto, estos son los ferrocarriles que los comunican, aquí las autopistas, ahí vamos a tener edificios de viviendas, te explican, y lo raro es que es muy probable que así sea.

–Entonces, si todo te sale bien, ¿cómo sería tu vida dentro de diez años?

Bing tiene una novia que acaban de echar de su trabajo en una oficina porque se vestía demasiado sofisticado; Bing y su novia piensan casarse este año, el año olímpico, porque va a ser un momento feliz para todos y él quiere participar de esa felicidad y esos festejos con su boda.

–Es realista pensar que dentro de diez años voy a tener mi propio negocio, gente trabajando para mí, una casa, una esposa, un buen coche.

–¿Qué coche?

–Un Audi, seguro.

Hace más de 15 años, cuando vine por primera vez, la China era una explosión incontenible de color local. Todo daba la sensación de ser distinto que en el resto del mundo: las ropas, los transportes, los edificios, las conductas, las ideas. La China era –parecía, nos parecía– un país lejano y periférico; ahora, en cambio, tras haberse convertido en uno de los grandes poderes, todo se ve mucho más conocido. Es una de las paradojas: en la escalada china, Oriente recuperó su lugar de polo de poder, pero bajo formas exteriores muy occidentales. Los signos de la prosperidad china son coches europeos, rascacielos americanos, jeans y tintura rubia, bancos a la suiza, grandes industrias de bienes huevones, shopping malls y todo lo demás. Oriente triunfó haciéndose la occidental. ¿O será que llamamos occidental a lo que sólo habría que llamar capitalista?

–¿Y no vas a tener problemas de papeles?

Bing dice que no, que aunque no tiene hukou se las va a arreglar igual. El hukou es el documento con que el gobierno chino acredita el derecho de cada persona a residir en un determinado distrito y, por lo tanto, a usar sus escuelas, sus hospitales, sus servicios. La inmensa mayoría de los 150 millones de migrantes no tiene hukou, y su estatus es una cuestión política y social de primer orden, en debate y cambio permanentes: ya no los expulsan a sus lugares de origen, pero siguen sin tener pleno acceso a educación, salud, vivienda en los lugares donde viven. Sin embargo, con dinero no es difícil conseguir el hukou, y Bing dice que el dinero no va a ser un problema para él.

–¿Y ahora, después de todo lo que te pasó, seguís admirando a Mao Zedong?

–Claro que admiro al presidente Mao, cada vez más.

Bing lo nombrará muchas veces, y nunca dirá Mao o Mao Zedong; siempre, “el Presidente Mao”.

–¿Por qué lo admirás?

–Por dos razones: por su autoridad, porque era un hombre que sabía cómo usar el poder, cómo tomar decisiones. Y porque sabía cómo luchar, cómo hacer una guerra. En mi tiempo libre yo siempre estudio las grandes guerras del presidente Mao para aprender cómo comandar a mis empleados, para saber qué hacer cuando ponga mi propio negocio. Todavía tengo mucho que aprender del presidente Mao..



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